viernes, 28 de abril de 2017

El día que quisieron matar al lider

El periodista, escritor, maestro y amigo,  Mario Carrillo presentó recientemente su segundo “hijo literario”, como gusta decir de sus obras que sin dudas son concebidas con el mismo amor con que se engendra una nueva vida. Este nacimiento se dio apena seis meses después de la presentación de su primera obra realizada en septiembre del año pasado. 
Por entonces, el 23 de septiembre de 2016, dio a la luz a “Los amores del Sr. Comisario”; el miércoles 12 de abril, en la sala San Martín, fue el momento de alumbrar “El día que quisieron matar al líder”, ocasión en que anunció que está a punto de finalizar su primera novela.
Al igual que en  “Los amores…”, en la nueva obra Mario contó con dos prólogos, uno escrito por otro común amigo, el guionista y escritor Ernesto Parrilla y el otro por mi. Ambos fuimos invitados a acompañarlo sobre el escenario al igual que Fernando Villalba, presidente del Ente Administrador Puerto Villa Constitución, entidad que colaboró para la edición del libro. 
Otro de los favorecedores fue el senador Germán Giacomino que en esa oportunidad no pudo estar presente. De todas maneras Mario expresó su agradecimiento a ambos como así también a su familia por el permanente apoyo a su labor.

Un hecho que también se repitió fue la coincidencia de criterios en los prólogos a la hora de evaluar la obra literaria, sin que existiera entre Ernesto y yo un diálogo previo. Algo similar a lo que nos sucedió a la hora de prologar "Los amores..."
En la primera página del libro, previo a los prólogos Mario, generosamente, nos calificó como “queridos amigos y grandes escritores que desmenuzaron este trabajo y se convirtieron además, en analistas conductuales del libro y su autor. En todo momento me pusieron al descubierto encontrando esas pequeñas trampas con las que como autor me divierto. No esperaba otra cosa de ellos y como dije antes, realmente es un verdadero lujo contar con el análisis de sus prólogos”.

A continuación comparto con Uds, el prólogo que escribí en esta oportunidad bajo el título de:

Mario Carrillo, el rescatador
Cuando escribo estas líneas que aspiran a ser el segundo prólogo que redacto para una obra de Mario Carrillo acabo de terminar de leer -casi de un tirón- este libro que tienen en sus manos. Y lo hice así, casi urgido, no porque tuviera la obligación de conocer cada cuento sino por el puro placer que me deparó su lectura. Pero hay algo más profundo, y es que sentía que mientras los leía, Mario me hablaba a mi -como lo sentirá cada lector- y se desgarraba en una serie de confidencias como bien podría pasar si estuviéramos en una reposada charla en una mesa del Colonial del Colorado Ricci, acompañados de abundantes balones de Chopp.
Sitúo esta imaginaria charla con Mario en un ambiente que el menciona en uno de sus cuentos, las entrañables mesas del Colonial que también -y tan bien- conocí porque es una manera de entender el libro. Mario navega permanentemente entre lo real y lo imaginario, con personajes y situaciones que pueden ser a la vez reales o ficticios pero en escenario conocidos para la mayoría de nosotros y logra entonces meternos en el relato, llevarnos a caminar por una Villa Constitución que recorrimos y cuyas evocaciones surgen instantáneamente al correr de la lectura. Todo es creíble, cercano, vivenciable.
Sin dudar de las dotes literarias de Mario, me atrevo a decir que con este libro, se diploma definitivamente de cuentista, logra una dimensión que en su obra anterior está esbozada, bien constituida y elaborada, pero que no tiene la hondura que logra con estos cuentos. Leerlos es sentir que estamos frente a un amigo que finalmente se atreve a revelarnos sus secretos celosamente guardados por desconocidos temores o pudores. Logra una cercanía de diálogo de mesa de bar palpable, una empatía con el lector plena de calidez y logra arrebatarnos con el relato, manteniéndonos en los casos que es necesario, con un suspenso que solo logran quienes saben contar sus historia.
Y estas historias son atrapantes, por bien contadas y por compartidas. Si bien nos separan 10 años (soy del 66 como el lo es del 56) nuestra infancia y adolescencia se dio en un marco muy similar, vivimos aventuras y desventuras similares en una Villa Constitución que no dejaba de ser un pueblo grande y donde nuestros temores pasaban básicamente por esos monstruos imaginarios que cita en uno de sus cuentos, como el viejo de la bolsa (y podemos agregar la llorona, el lobizón, el perro con cadenas, el chancho de lata, la solapa, la oveja). Hasta la llegada de los monstruos de carne y hueso el 20 de marzo de 1975, donde el miedo se hizo tangible, real y perdurable, luego de la estela de muerte y terror que también Mario recuerda en sus cuentos.
Ese ir y venir entre lo real y lo imaginario teniendo como escenario una Villa Constitución mutable pero estrictamente cierta, hace que nos podamos identificar, reconocer y hasta entender parte de nuestra idiosincrasia. Y Mario va y viene con sus relatos en el tiempo y todo tiene sabor a confidencia, aun cuando se atreve a contarnos historias ajenas, como algunos de los cuentos de este libro, donde reordena y recrea oscuros capítulos de nuestra desconocida historia. Pero propias o de terceros, sus historias tienen un rasgo común y determinante: no aburren, atrapan. Y ese el máximo logro al que puede aspirar un  cuentista.

Y a lo anterior hay que sumarle que esas historias además revelan, ya sea hechos desconocidos, la característica de un personaje, la forma de ser de un pueblo, crímenes ocultos o que no llegaron a cometerse, una broma genial o una anécdota sencilla, por citar algunos. A ellos se le suman las confidencias personales que van matizando el libro y que nos llevan a sentir ese aire de cercana intimidad con Mario, quien de esta manera nos abre la puerta a su mundo y deja sutilmente en sus cuentos advertencias de los códigos que hay que tener para pasar al interior. Códigos de hombres que saben mantener la palabra empeñada aunque pasen 65 años y jugarse la vida por un amigo o un compañero en problemas. Código de silencios bien entendidos entre hombres que no se delatan y que forjan amistades eternas aunque nunca más se encuentren. Hombría de bien, que le decían.
Si en su libro anterior Mario nos daba la sensación, como bien describió Ernesto Parrilla, de ser un hombre en la ventana mirando el mundo para contarlo, ahora se presenta como un buceador que se sumerge en un mar profundo de recuerdos y vivencias lejanas para extraer de allí los restos herrumbrados de viejos barcos que la vida cotidiana fue hundiendo en las aguas del olvido. Mario es un rescatador, y aquí  nos ofrece sus tesoros ya pulidos para que los podamos apreciar. Tómenlos sin temor, Mario encontró parte de nuestra propia historia que creíamos perdida para siempre en cada naufragio.
Brindemos con el Chopp del Colorado para celebrar que Mario no se fue de Villa porque siempre está llegando.

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