viernes, 10 de febrero de 2017

Luis Capriotti y los barriletes

En esta tarea de pesquisa de archivos que me he dado para luego poder volcar mis hallazgos en el blog, encontré otro escrito del maestro Luís Capriotti, que al igual que varios de los anteriores tiene por ámbito de acción -y reflexión- la ya desaparecida pizzería del "Colorado" José Luis Ricci: "La vieja Casosa" (ante El Colonial), situada por ese entonces en la esquina este de Av. San Martín y Córdoba. 
Mismo ámbito y algunos de los mismos personajes de relatos anteriores.
Este texto, dedicado a los barriletes fue publicado en la contratapa del Nº 63 del semanario Tiempo, del viernes 17 de julio de 1992. Desde allí nos vuelve a hablar Luis Capriotti. (La caricatura es de Gustavo Lelli)




Guarda que colea

Fue el viernes. Los viernes siempre se dice... “Gracias a Dios que es viernes”. El salón VIP del colorado Ricci refulgía el albo de sus manteles (como diría un poeta de aquellos... de aquellos que no coman en lo del Colorado!), estábamos como cansados, por la semana densa, por los números, por las respectivas esposas, amantes o buenas amigas, por la huelga docente, por la úlcera, por los infinitos medios truchos que buscan publicidad, por el crédito, o porque uno ya no tiene veinte años. .. qué carajo... !
Y a pesar de superar ampliamente los felices veinte, se comía muy bien...
El gerente, el petiso medio mundo, Sandro Panza y el que suscribe que insistía en hablar de la liberación femenina, el rol de la mujer y otras sutilezas por el estilo, que eran aburridamente acogidas por los presentes vestidos de viernes hasta el alma.
“El sábado hice un barrilete por primera vez en mi vida”, dijo el gerente. Provocó tal impacto que hasta el petiso imparable, paró. "Conseguí las cañas y el papel. La cola de tela me la dio una señora que fabrica buzos", silencio inusual, aún siendo viernes. "Como no estaban mi señora ni los pibes, trabajé tranquilo toda la mañana. Tenía los colores de Racing y forma de estrella. De lindo ¡Lo remontamos en el campo!...”
Silencio. Ni siquiera cortado por el petiso que volaba sobre algún remoto barrilete con los colores de Boca sobre los chatos techos de J. B. Molina.
“Como la gocé. Corríamos tanto ¡Después lo atamos y quedó hasta la tardecita, volando tranquilo, tranquilo". Sandro Panza repitió por lo bajo: Tranquilo... tranquilo: Mi viejo nunca me enseñó a hacer barriletes... Pobre viejo, a lo mejor no tenía tiempo.
“Yo gané un concurso en Molina. Fue el que más alto llegó”, rememoró embelesado el petiso. “Claro, síndrome de enano", acotó al pasar uno de la fauna.
“En Rosario, los remontábamos en los baldíos del sur, cuando todavía era el verdadero sur, sin villas, miedos ni peligros...”, tiró de la mesa de al lado, el vendedor de cubiertas al que todos llamamos viernes porque es el único día que come en lo del Colo. Cuál será su nombre?.
"Traé un poco de hielo", dijo Sandro Panza y se cortó la magia.
Y me quedé pensando. Guarda que colea nuestra posibilidad de jugar. Y los otros seguían charlando. Sandro Panza impactó al declarar que los barriletes los inventaron los chinos para divertirse los muy grandotes y no precisamente los chinitos... Alguien preguntaba al Colorado si en Estados Unidos se venden en los supermercados. Un señor desconocido de campera gris mostraba tácticas infalibles para que no colee el aparatejo redondo, con forma de estrella, con colores de River, San Lorenzo o de papel de diario...
Y de a poco, se fueron yendo todos de la mesa. Quedé solo con los manchados manteles albos del salón VIP. Tal vez uno esté metiéndose en el viernes de su vida. Tal vez llegó el momento de juntar caña, papel (engrudo ya no se usa), atar trapitos para la cota... y después a volar lo más alto posible, antes que llegue la noche, pero eso sí, habrá que cuidar que no colee.  

 “Cóbrame Colorado..."

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