lunes, 26 de septiembre de 2016

Mario Carrillo y Los amores del Sr. Comisario

En el centro. Mario Carrillo, a su izquierda Ernesto Parrilla.
El viernes 23 de septiembre, día en que Villa Constitución cumplió 66 años de su declaratoria de Ciudad, algunos villenses nos dimos a celebrar otro acontecimiento de relevancia: la presentación del primer libro de Mario Carrillo. Periodista y gran tipo, por lo tanto colega y amigo. Y como me lleva una década de ventaja, también es uno de mis maestros. 
"Los amores del Sr. Comisario", se llama esta obra compuesta por cuentos de su autoría y de la cual me enorgullece ser uno de los prologuistas, junto a otro admirado y querido amigo, Ernesto Parrilla, multipremiado autor local.
La fiesta fue en el espacio de Arte y Cultura de Casa Mural donde una importante cantidad de público acompañó este feliz alumbramiento.
Comparto con Uds. el prólogo que escribí y en el cual encontrarán detalles de un libro que es menester leer, sobre todo si se es villense.

Palabra Viva

Queridos lectores, permítanme comenzar con una definición trillada pero no por ello menos efectiva, ya que Mario Carrillo –porque de él hablamos-, cumple con aquella frase de León Tolstoi que resume la labor que debe cumplir un escritor: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Pero Mario da la sensación que va un poco más allá, él es su aldea. Mario es ese barrio Talleres que tan bien pinta en sus escritos, ese barrio que fue el primero de Villa Constitución y, por ende, Mario también es Villa Constitución, por eso sus textos son de lectura obligatoria para los villenses. No obstante sus personajes, con otros nombres y en otros enclaves, son universales y así cualquier lector puede disfrutar los, y sin dudas identificarse con ellos, como si se reencontrara con viejos conocidos.

Aunque hay una salvedad a esa universalización, Villa Constitución es una ciudad compleja y única, y esa complejidad también se advierte en los escritos de Mario. Un rápido repaso de la situación geográfica tal vez sirva para aclarar este concepto. Villa Constitución conforma el taco de la famosa bota santafesina, es como un espolón que se hunde en el amarronado Paraná. Es una ciudad bañada por ese río, por lo tanto es litoraleña, pero también la rodea la pampa húmeda, y es agraria y gringa; y la recorre el cordón industrial y es metalúrgica; y los metalúrgicos son hombres llegados desde las más diversas provincias, por lo que Villa creció de golpe a fuerza de inmigrantes, y tiene una polifonía de voces y acentos. Y tiene un pasado portuario y ferroviario, y por todo ello carece de una identidad definida.

Todo ello se encuentra en los cuentos, relatos y poemas de Mario: el río, el puerto, la ciudad, el campo, el ferrocarril, el barrio, el pasado, los trabajadores, la gente. Pero Mario también es complejo y polifacético. Repasemos: como deportista fue boxeador, judoca, karateca y rugbier –además de ser hincha de Independiente-, lo cual le da a su obra la impronta y la fortaleza de un atleta, de alguien que trabaja las palabras como si trabajar sus músculos;  también fue prefecturiano, bancario y quién sabe cuántas cosas más, lo que le permite una mirada amplia y profunda del mundo que lo rodea. Y,  por supuesto, es Periodista –así, con mayúscula-. Este último oficio le faculta una elaboración aguda, detallada, escrutadora, de sus personajes.
Y aquí se presenta otra salvedad necesaria de marcar porque también hace al resultado de la escritura: Mario es un periodista de pueblo –aunque también podría decirse “del pueblo”, lo que implica una sustancial diferencia con los periodistas de las grandes ciudades. Allí se es conocido a nivel mediático pero anónimo en la calle; aquí se es conocido por todos en todo lugar, muchos de los cuales saben qué puerta golpear –o patear- para encontrarte y hacerte saber sus opiniones sobre tu labor, las que no siempre son halagüeñas. Pero esos son gajes del oficio. Lo cierto que esa proximidad con la gente hace que uno, como periodista –yo también lo soy- tenga una relación más estrecha con los personajes sobre los que luego escribirá hasta, a veces, convertirse en ellos en el papel.
Además, como buen periodista, Mario quiere revelar aquello que a veces queda velado a la mirada cotidiana de la ciudad, recuperar aquellas historias pequeñas que hicieron en su sumatoria a la historia mayor de su pueblo. Mario busca, hurga, reencuentra y reinventa anécdotas, relatos, personajes, situaciones. Nos hace contemporáneos de aquellas cosas que nos cuenta y no podemos menos que reconocernos en cierta forma en ellas. Yo que soy villense como él –aunque una década menor-, me emociono con su obra, rescato parte de mi infancia y viejos recuerdos familiares porque viví cosas parecidas. Es una misma nostalgia y no tengo pudor en decir que leyendo algunos de sus cuentos alguna lágrima se me pianta.
Pero a no equivocarse, no todo es melancolía y añoranza por el barrio que se fue, Mario es un tipo de gran humor, a veces provocador y un tanto socarrón, por eso transitando sus cuentos uno salta de la ensoñación o la nostalgia a la carcajada irreverente o la sonrisa condescendiente.  A esta altura siento que me reitero, que queda más que evidente que este libro que tienen en sus manos es completamente disfrutable. Para los villenses sin duda lo será porque encontrarán numerosos nombres conocidos, para aquellos de otras latitudes no creo que haya demasiada diferencia porque estos personajes y sus vivencias se hallan repartidos por todo el orbe.


Sobre el epílogo de este prólogo me permito una breve reflexión. Un escritor siempre deja en sus obras una huella de su personalidad, de aquella madera que lo conforma y esa savia que lo nutre y alimenta su imaginación. Cuando esa personalidad es polifacética como el caso de Mario Carrillo, lógicamente el resultado es similar. En un mismo libro puede exhibir un amplio muestrario de las más variadas situaciones personales como así también de su entorno. Por ello me atrevo a afirmar que este no es un libro de cuentos y relatos, tienen en sus manos una sustancia viva que los atrapará. Esto es un alma en tinta y papel. Esto es Mario Carrillo viviendo en lo que más ama: las palabras.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Y LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO

En 1986, a 10 años de la Noche de los Lápices, conocí a Pablo Díaz, único sobreviviente de aquellos fatídicos e infaustos sucesos. 5 años después recordé ese primer encuentro en una nota que escribí para el Semanario Tiempo y publicada en su edición del 27 de septiembre de 1991, con una ilustración de Gustavo Lelli.


Hoy, a 25 años de la Noche de los Lápices la recuerdo a manera de homenaje a Pablo y al resto de estudiantes.

Y LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO

Cuando conocí a Pablo, personalmente digo, ya conocía su historia a través de un libro, que ojalá nunca se hubiera escrito, es decir, ojalá nunca hubieran acontecido los sucesos que tan fielmente relata. También lo conocía por una película tan dolorosa, por lo cierta, que me obligó quedarme sentado en mi butaca golpeando contra ella, mudo de impotencia. Cuando conocí a Pablo, ya conocía su historia.
Y me dolía,
Y allí estaba Pablo, diez años distinto. Pero era el mismo adolescente, idealista, solidario, soñador, enamorado. Pese a lo sufrido, seguía siendo el mismo de la historia. En ese momento no entendía muy bien de dónde sacaba fuerzas para seguir. Lo entendí tiempo más tarde, en la facultad, cuando oí aquella consigna, que también canté y que dice: "Somos de la gloriosa juventud argentina/la que hizo el Cordobazo, la que peleó en Malvinas/a pesar de los golpes y de nuestros caídos/la tortura y el miedo, los desaparecidos/no nos han vencido". Y no vencieron a Pablo, como no vencieron a su generación. Su generación, y aquí me permito citar al mismo Pablo: "Yo soy de una generación que se entregó por completo a un proyecto determinado de país. Con una metodología distinta, desde ya, pero con la pureza de llevar adelante una liberación, con la pureza de volcarse a las villas, a los barrios. De asumir, cada uno, en su sector un compromiso, una participación. Pero también de sumar un sentido de justicia más un sentido social".
Era el mismo Pablo, en la forma de ser. Aunque su mirada era más triste, su sonrisa melancólica. Pero es lógico lo acompañan los fantasmas de una generación que secuestraron, torturaron, violaron, mataron, y desaparecieron. Al igual que lo hicieron con sus amigos. Y así están en él, los truncos 18 años de Horacio y Daniel, los 17 de María Clara, los 16 de Claudio, los 14 de Francisco, y los especiales 16 años de Claudia, de esa Claudia que aún baila en la melancolía de sus ojos.

Cuando conocí a Pablo, les dije, ya conocía su historia. Sabía de aquella fatídica noche de La Plata. Aquella infame y dolorosa noche del 16 de setiembre de 1976 cuando sus amigos fueron secuestrados por fuerzas parapoliciales. Sabia de esa historia que señala que cinco días más tarde, el día del estudiante, también Pablo es secuestrado. Pero Pablo sobrevive a la larga noche que dura meses y reaparece. Sus amigos no, ni muertos ni vivos, ni siquiera la dignidad de una tumba para su injusto final.
El único crimen fue ser jóvenes, con todo lo que ello implica.
El delito fue pelear por un boleto estudiantil. Simplemente por esto desaparecieron. Dice María Seoane, autora del libro que cuenta la indignidad de esta historia: `Todavía hay gente que piensa que los desaparecidos adultos andarían en algo. ¿Qué argumentos puede haber, sin embargo, para asesinar a quinceañeros?. Nunca está tan lejos de la muerte que en la adolescencia; nunca más lejos la tentación de poder que en esos años. ¿Qué razón desquiciada puede justificar este crimen?.
Cuando conocí a Pablo, después de conocer su historia, supe algo que ya intuía, de haber nacido antes yo podría haber sido uno de ellos. Un desaparecido. Lo digo con estremecedor orgullo, pero sin miedo.
Y por eso hoy escribo la historia de Pablo, como parte de mi historia. Recuerdo aquí a León Gieco cuando canta: "gente que avanza se puede matar/pero los pensamientos quedarán...". Y por allí anda Pablo, porque según sus propias palabras: "...cada uno de nosotros hoy, participando de las distintas formas está reivindicando la lucha de esa generación que hoy no está, y está llevando adelante las banderas que hoy yo estoy llevando. No hacernos más que caminar o volver a andar con toda la pureza de esa generación que hoy no está o que fue duramente reprimida".
y que sigue por allí, cantando, junto a los jóvenes. Porque tiene los sueños intactos. Porque tiene una historia que contar y seis nombres que recordar. Porque él es Pablo Díaz, la voz de una generación que hoy no está. Porque él es el sobreviviente de La Noche de los Lápices. Porque él es una de las razones por la cual, pese a todo y a algunos, pese a los asesinos, los lápices siguen dibujando el deseo de un país más justo y solidario, El es Pablo Díaz, y por el los lápices siguen escribiendo.