martes, 9 de agosto de 2016

Adiós a Cuqui, la luchadora de la República de Talleres


Es martes 9 de agosto de 2016, acaba de fallecer Cuqui Conti, a los 74 años de edad. Todo un personaje y como tal, en aquella sección que escribí para Diario Del Sur entre 1997 y 2001, reflejé su historia. Fue en junio de 1998, en la edición Nº 200 del por entonces semanario. Como homenaje y despedida, rescato aquella publicación tal cual fue escrita en ese momento, 18 años atrás.



"Cuqui" Conti: almacenera con la mística de Talleres

Existen personajes que son en si mismos un vivo anecdotario, tal es el caso de Rosa Taglientti («la Cuqui Conti» para todos aquellos que la conocen). Profundamente arraiga en su «República» de Talleres es un producto característico de este barrio, el más viejo de la ciudad. De amplia y reconocida militancia radical, cuando deja de lado su pasión política se transforma en un álbum de historias y recuerdos de barrio como los que recrea en esta oportu­nidad.

Orgullosa, Cuqui, señala que nació hace 56 años, un 20 de noviembre en su querida República de Talleres «acá mismo y acá voy a morir», dice en su casona de Libertad y Pasteur. Esa casa que fue «hecha en el año '27, mi padre compró el terreno en febrero de ese año».
Sus recuerdos se remontan a un barrio «que era muy chiquito, terminaba aquí, en la otra casa (y señala hacia calle Alberdi) teníamos el 'campito Barón', era un campito grande. Íba­mos a cazar pajaritos, todos, varones, muje­res». En ese tiempo «éramos pocos vecinos y muy conocidos, creo que de los viejos quedan Aurora, Manuelita Oterino -que es una gran amiga, una madre-, 'Chiquitína' Muriado, el 'Manco' Muriado, 'Pirula', manifiesta seña­lando reconocidos nombres del barrio. «Que­dan muy pocos, pero los pocos que quedamos somos muy unidos», afirma.

Tallarín a muerte
El arraigo de Cuqui con «su» Talleres es tan grande que le permite asegurar que «nunca me iría a vivir a otro lado. Si me sacara el Quini tampoco me iría». Asegura que la razón de ese sentimiento «es porque somos una república. Cuan­do en el '86 empezó Talleres de nuevo en el fútbol, fue luchar todos juntos, sufrir... nunca fui a la cancha porque no me gusta pero los partidos los escuchaba por la radio. Luchamos por el dub... Talleres es una república», insiste.
Y por si quedaran dudas ratifica «nací acá, mis cuatro hijos nacieron acá, se criaron acá. Mis vecinos son todos buenos, cuando nos necesitamos estamos todos juntos. ¿Qué se yo?.„ Talleres es Talleres, no hay otra manera de decirlo».


Almacén de barrio
Desde el año 81 la casa de Cuqui se convirtió en uno de los almacenes emblemáticos del barrio, «cuando se casaron dos de mis hijos quedé muy mal y el doctor Zunino me dijo que pusiera un negocio, que hiciera algo». Por entonces «tenía a Gustavo de cinco años y después de él, como regalito del cielo, vino Mauro, cuando Jorgito (el hoy subcomisario Jorge Conti) tenía 25 años».
Su almacén es un punto de encuentro común en el vecin­dario, «acá te enteras de todo, es una familia mi almacén, mis dientes son parte de mi familia. Cada uno conoce si estoy triste, si estoy contenta, si estoy alegre por algo, si tuve una noticia buena o mala con Maurito en la escuela». Antes de abrir el comercio su tiempo se ocupaba en costuras y tejido, también «teníamos gallinas, siempre ocupaba el tiempo, con conejos, mi casa era y sigue siendo una granjita, ahora tenemos un loro para completarla».


Cosas de pibes
A la hora de las anécdotas infantiles recuerda con placer el juego de la escondida «con las chicas, y chicos también, con Tito, Chiquito y Lacho Muriado, (más nombres conocidos) que también hacían teatro, en la otra esquina, al de Martos (12 de octubre y Libertad) y nos disfrazábamos, nos pintába­mos; pero sano, esas cosas sanas que habla en el barrio». También recuerda que en esos tiempos era lindo ver en los atardeceres las luciérnagas que poblabanel barrio.
Sobre finales de la década del cuarenta, se hicieron las primeras casitas sobre Las Heras, Alberdi y toda esa zona. Pero antes era todo campo. El campo de los Barón... Ah! el campo de los Barón era hermoso. Íbamos a robarles tunas, como José Oterino, ‘el Toscanito’ y Panaia le robaban los damascos a la vecina, doña Lita, y como ella me dejaba entrar solo a mi yo la entretenía y ellos le robaban los damascos».


De baile
Con el paso del tiempo llegó la etapa de los bailes en Theobald, Godoy, Pavón. «A mi no me dejaban ir mucho a los bailes. Pero un vez, el día que me conocí con mi marido (Augusto Conti) nos fuimos a Godoy, por camino de tierra y estaba por llover. Íbamos en patota, la chica de Panaia, Masella, las hermanas de Masella, iba doña Juana Muriado que nos cuidaba como a hijas, íbamos varías chicas, entre ellas yo que era la más chica. Yo decía que no fuéramos, que iba a llover pero dice mi marido que no, que iba a caer una helada y fuimos. Como a las doce de la noche empezó a llover y el colectivero se quedó dormido y nos fuimos a la cuneta, entre Rueda y Empal­me. Eran las siete de la mañana y recién pudi­mos agarrar por la vía, caminando, porque el colectivo quedó en la cuneta, trayendo a doña Juana Muriado que era una mujer grande. Llegamos a la Isaura, las medias todas corridas, todas embarradas y encontramos a Juanita Fiorio, que era enfermera. Juanita, que era muy puritana, nos dice: -¿De donde vienen chicas?. Y Lucena Panaia le contestó: -De un velorio. Cuando ella dijo eso yo salte de la risa y me caí a la cuneta. Después le pregunte por qué había dicho eso y me respondió: -¿Qué le voy a decir a las ocho de la mañana?.

Orgullo de madre
Otra anécdota tiene que ver con el respeto. «El día que nos comprometimos con mi marido yo cumplía quince años. Yo no sabía que me comprometía, pero mi marido se lo había dicho a mi papá que si lo sabía. Pero murió una vecina, había lechones, cien invitados, y mi papá dijo: -Si doña Rusolla está acá todavía (el velatorio se realizaba en la casa contigua) no hay fiesta. Decía que la llevaron a la tarde, pero eso antes se respetaba, no podías estar de fiesta y un vecino de velorio».
Volviendo sobre su compromiso cuenta que fue «a los quince años y a los dieciseis me case. Compré a Jorge a los dieciseis años y ocho meses. Tuve mi hijo muy joven, estoy muy orgullosa de él, -de los cuatro estoy muy orgullosa. Después llegó Mari (María Rosa) y cada diez años compré a los otros dos (Gustavo y Mauro)», pero su orgullo y cariño no se detienen aquí se extiende a sus siete nietos que la colman de felicidad y agradecimiento a la vida.
En cada diálogo, no importa si habla de sus hijos, de su barrio, de su partido, Cuqui trasunta orgullo. Un respetable y sano orgullo, el que tienen las personas de bien y que sienten en cada acto que realizan. Por eso su casa, su almacén, su vecindario son para ella una gran familia.



martes, 2 de agosto de 2016

Juan Defilippi: El caballero del violín

Voy a seguir sumando recuerdos a este blog. En esta oportunidad inicio una serie dedicada a la sección que inauguré en mayo de 1997 en Diario EL SUR (por entonces denominado Del Sur) y que escribí hasta mi alejamiento en octubre del 2001 (regresé en diciembre del 2009). Esa sección se llamaba "El personaje de la semana" y aquí voy a rescatar algunas de esas publicaciones tal cual se escribieron por entonces, seguramente muchos de estos personajes ya no están con nosotros, pero queda en este espacio su recuerdo, memoria que hoy forma parte de nuestra historia pueblerina. 

Esta es la nota sobre Juan Defilippi, publicada el viernes 19 de febrero de 1999.



Desde el domingo 14 de Febrero de 1999 la casa de Moreno 1127 ostenta una placa que dice: «Aquí vivió Juan Francisco Defilippi. Músico de la ciudad. 1916-1995». Distinción que se suma a la de Guildo Corres (Poeta), Esteban Tortosa (Pintor) y Dorita Ríos (pintora), todas ellas descubiertas como parte de los últimos cuatro festejos del aniversario de Villa Constitución. Ya antes, en vida. Juan había recibido hartas muestras de respeto, admiración y cariño. Entre los homenajes más destacados y perennes se encuentran dos poemas, uno escrito por Santiago Lischetti («El Tango y el Maestro») y otro por Guildo Corres («Tanguero y sentimental»).


Músico intuitivo
Juan Defilippi nació en nuestra ciudad el 7 de setiembre de 1916 y falleció el 6 de noviembre de 1995. En su infancia se abocó al estudio de la música, inclinándose por el violín, instrumento que no abandonaría hasta el día de su muerte. «Con
tu violín, armado caballero/por su criolla Majestad el Tango/ anduviste, bohemio, tesonero/difundiendo hasta hoy su anti­guo rango», dice en su soneto Santiago Lischetti. El mismo historiador pone de relieve que con el músico fueron «casi contemporáneos, yo tengo ochenta y siete y él falleció a los setenta y nueve», agrega que «a la familia (Defilippi) la conocí de muy chico, cuando vivían en la esquina de General López e Irigoyen, donde vivieron muchos años. La hermana (de Juan) Elvira era una pianista consumada y solíamos cantar,
y él ya en esa época -que tendría unos 14 o 15 años-, tocaba el violín. Fue desde chico un intuitivo».

En todos los bailes
En 1932, cuando Juan contaba con sólo 16 años integra un conjunto típico creado por el músico José Nieves, después se incorporó a la primera Orquesta Típica de la ciudad, fundada y dirigida por el maestro Ernesto Roldán, en 1935. Más tarde, en 1943, conforma su propia orquesta, la que escribiría una de las historias más prolíficas y exitosas del tango villense.
A partir de entonces «animó todos los bailes populares en Villa. En la Sociedad Española yo he bailado diez años al compás de la orquesta, la que alternaba con la otra ‘caracterís­tica’, la de los hermanos Muriado. Donde había un baile estaba él; cuando se inauguró, allá por la década del '40, el bar ‘Chicago’, en calle Rivadavia, fue contratado para amenizar la inauguración. En todas partes estaba», recuerda Santiago Lischetti.
En 1980 impulsa la creación del Tango Club y una vez fundado pasa a dirigir la Orquesta Estable de la institución. La noche del 21 de noviembre de ese año la agrupación se presentó en Radio El Mundo, actuando durante 45 minutos en el programa «La Noche con amigos».

Por su parte Beatriz, la esposa de Juan, cuenta que lo conoció «en un baile del Club de Planeadores (que estaba ubicado en Irigoyen, frente a la plaza, donde hoy se encuentra la tienda «La Unión»), lo vi y me empezó a gustar, estuve dos años y medio para que se acercara a mí y ser novios. Fue un poquito duro enamorarlo, dice con una risa no exenta de nostalgia «Gracias a Dios nos quisimos mucho, tuvimos un matrimonio muy feliz, no recuerdo haberme peleado con él, haber cruzado alguna palabra, pero si darle un beso cuando entraba o cuando salía. Era muy, muy bueno».
Tres días después de haber cumplido 30 años, el 10 de setiembre de 1946, Juan se casó con Beatriz, quien además de acompañarlo en su vida artística lo apoyó en su otra pasión: la Unión Cívica Radical. «El fue candidato a concejal, fue presidente de Comité, actuó mucho, lo conoció muy bien a Alfonsín y a otros políticos». Si bien nunca ocupó un cargo electivo mantuvo una militancia constante hasta los últimos meses de su vida.

El domingo, en el acto realizado frente a la casa del músico ante una verdadera multitud compuesta por familiares, vecinos, amigos, autoridades, correligionarios e integrantes de su or­questa, la profesora María Aurora Ruíz de Pezzoffi ( Alolo) realizó una semblanza que resume muy bien la vida de Juan a quien definió como «un precursor de la música ciudadana» que «logró por su esfuerzo y capacidad musical trascender hacia otras ciudades, siendo el embajador del tango, representando a Villa Constitución en Rosario y en Radio El Mundo»
«Desde muy pequeño se volcó a la música y aprendió violín, y cuando salía para las clases se detenía a jugar al fútbol con otros chicos, usando el estuche como arco. Fue una persona apegada a su familia, conversador, locuaz, muy buen amigo, confidente con sus hijos. Aún hoy su familia continúa con el rito de reunirse todos los domingos a la hora del almuerzo en esta casa».

«No perdía la ocasión de brindar buenos consejos -siguió diciendo Alolo-, en la calle se lo veía respetuoso y con ese porte que sólo poseen los que nacen señores y además todo un hombre. Quizás muchos de los aquí presentes conocieron el amor y formaron pareja al son de su violín que marcaba el compás de sus tangos, donde se mezclaba la melodía con la ilusión y con los proyectos». «Algunos, o todos los que se casaban en la Iglesia reclamaban su presencia para la marcha nupcial; fue un gran colaborador con las instituciones villenses, y uno de los fundadores del Tango Club». Alolo terminó su emocionada semblanza destacando que «son muy pocos los que logran en su paso por la vida quedar en el espacio de la admiración, el cariño y el reconocimiento de todo un pueblo».

«Juan era un esposo muy cariñoso, y como padre también muy bueno, y como abuelo también. Era un hombre hermoso, tenía un alma extraordinaria”, afirma Beatriz.
Era una gran persona, un gran compañero, nos hacía pasar momentos lindos, él siempre tenía un chiste pata hacerte, era muy humorista pero siempre con altura», destaca Pascual Conti, uno de sus cantores.

«Tenía un cabal sentido de la amistad, de la honestidad, de la educación, fue toda la vida un hombre correctísimo, un poco apasionado en lo político», resume Lischetti y agrega: «Ha dejado un recuento grande por todas sus condiciones, de músico, de buen padre, de esposo, de buen vecino, de buen amigo.En fin, una figura que ha llenado una época de la música popular en Villa Constitución”.


UNA YAPA DEL AÑO 2016
El siguiente es el poema que Santiago Lischetti le dedicó en vida a Juan Defilippi, fue extraido del libro "Radiografía de Villa Constitución en tres placas", del año 1991.

EL TANGO Y EL MAESTRO
Para nuestro Juan Defilippi en el Día Nacional del Tango. 11/12.

Desde joven, a Euterpe ya entregado,
en la edad en que de todo éramos dueños
allá, cuando era verde nuestro prado
y dorado reposo nuestro sueño.

Con tu violín, armado caballero
por Su Criolla Majestad el Tango,
anduviste, bohemio tesonero
difundiendo hasta hoy su antiguo rango.

Figura popular; andar pausado,
estuche bajo el brazo. Eres el hombre
del dos por cuatro en haz filigranado.

Y es tal, con tu vida y la música el acuerdo
que amalgama se han hecho artista y nombre

para quedar por siempre en el recuerdo.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Voy a seguir sumando recuerdos a este blog. En esta oportunidad inicio una serie dedicada a la sección que inauguré en mayo de 1997 en Diario EL SUR (por entonces denominado Del Sur) y que escribí hasta mi alejamiento en octubre del 2001 (regresé en diciembre del 2009). Esa sección se llamaba "El personaje de la semana" y aquí voy a rescatar algunas de esas publicaciones tal cual se escribieron por entonces, seguramente muchos de estos personajes ya no están con nosotros, pero queda en este espacio su recuerdo, memoria que hoy forma parte de nuestra historia pueblerina.

Hoy es el turno de Angelito Sánchez, publicado el viernes 5 de febrero de 1999.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Simpático por naturaleza, entrador, de una am­plia actividad social. Angelito Sánchez es el arquetipo del personaje popular, querido y respetado por todos. Fue canillita, empleado de la Junta Nacional de Granos y hasta hoy vendedor de rifas. Impulsó la Mutual y la Asociación del Personal de la Junta, presidió el club Porvenir Talleres e inició el baby fútbol, entre tantas otras tareas que lo llevaron a ser conocido en toda la ciudad. Esta es su historia, tan sencilla como ejemplar.

El 10 de abril de 1915 nació en Empalme uno de los personajes más simpáticos y queridos de Villa Consti­pación: “Angelito” Sánchez. Su historia se inicia con una tragedia: la muerte de su padre por causa de una úlcera en una de sus piernas. Don Julián Sánchez falleció en el Hospital Español de Rosario cuando Angelito tenía cinco años. Dos años más tarde se radicó en barrio Talleres junto a su madre Agustina, «en calle Libertad y Saavedra, era como todos, un barrio chico; frente al galpón de máquinas, mi mamá tenía un restaurante.
«Yo soy fundador del baby fútbol en el año 43 (por entonces era presidente de Porvenir Talleres), creador de la Mutual de la Junta Nacional de Granos y creador también del Panteón Social (de la misma institución)», recuerda. Además «fui Secretario del Sindicato de Canillitas» y en la Asociación del Personal de la Junta Nacional de Granos «fui Secretario de Propaganda y Afiliación».

Pero los recuerdos vuelven a sus primeros años en Talleres y al primer trabajo, allá cuando tenía «doce años, en un almacén que era de Francisco Varela, yo salía con él, con un parlante haciendo la propaganda de lo que vendía». Como dato anecdótico señala que el tal Varela «estaba casado con una hermana de José María Cuesta, Primitiva se llamaba la señora, después se fueron a
vivir a Santa Fe y ahí murieron los dos y hace quince días los trajeron al cementerio de Villa».

Más tarde desarrolló una de las tareas por las que más se lo recuerda: canillita, actividad a la que le dedicó diecisiete años. «Fui uno de los primeros canillitas de Villa», afirma. Trabajo el a que lo obligó otra desgracia, «falleció mi mamá, yo tenía cinco hermanos menores y mi padrastro, porque mi mamá se había ca­sado por segunda vez, y yo tenía que ganar el puchero para todos, junto a uno de mis hermanos».

«Mi mamá falleció en el año 31, y yo empecé (como canillita), en el año 33, en San Nicolás y después empecé a trabajar acá en Villa, con Orihuela». Pasó el tiempo «y empecé a trabajar por cuenta mía, hasta el 46 que entré en la Junta de Granos, en San Nicolás», dice antici­pando el relato, pero enseguida vuelve a su historia como canillita. «Tenía un galpón en calle San Martín 1950, allí también vendíamos artículos de carnaval».
En aquella época «los diarios venían por correo, llegaban por tren a las cuatro de la mañana en Empalme, y yo iba a buscarlos con la bicicleta y los iba repartiendo a medida que iba llegando a Villa» por entonces tenía más de novecientos clientes. Luego la bicicleta fue reemplazada por un «forcito» y una mañana en que iba a buscar los diarios «me agarró un golpe de aire y cuando llegué a Empalme a armar los diarios en la estación -la Crítica traía un suplemento especial y había que colocarlo adentro del diario- y con la mano sucia (de tinta) me pasé la mano por los ojos (lo que le provocó una grave infección) y el «doctor Luzuriaga, en vez de darme remedios fríos me los recetó calientes» lo que agravó su situación. «Me llevaron a Buenos Aires, al Hospital Santa Lucía y ahí me curaron y me terminó de curar un pastor, porque estoy en la iglesia evangélica».

Como ya mencionó, en 1946 Angelito ingresó a la Junta Nacional de Granos, «en la delegación Buenos Aires y de allá conseguí el traslado a Villa porque tenía toda la familia acá». Cabe acotar que se había casado el 3 de abril de 1938 con Sara Zulema Pizzini, y así fue como el 10 de enero de 1950 pasó a la delegación local de la entonces entidad estatal, «siempre en contaduría».
«Me jubilé en la Junta en el año 75» y «después me dediqué a la venta de rifas». Actividad en la que se inició también en 1975 «para recolectar dinero para levantar el edificio de la Mutual frente a Riberas, después levantamos el edificio del sindicato, y a continuación él Panteón Social». Este último fue iniciativa del propio Angelito: «Usted con vida quiere tener su casa, después de muerto tiene que tener su casa también», expuso en una asamblea del sindicato. «Empecé con la rifa del Elevador, y el primer premio que vendí fue un auto a José María Cuesta, que era compañero mío», dice.
«Mientras trabajé (en la Junta) vendía la rifa de la Mutual, después cuando me jubilé empecé a vender rifas por cuenta mía, de ahí para adelante hasta la actualidad».

Tallarín de toda la vida asegura tener «sangre azul y amarilla» aunque casi nunca jugó al fútbol. «Una vez quise jugar y casi me rompieron la canilla y a raíz de eso no jugué nunca más». De su época como presidente de Talleres rememora que «se hacían unos bailables los domingos a los que iba cualquier cantidad de gente, y ahí en uno de ellos cayó muerto, bailando, Adolfo Cristini». Según Angelito, Cristini, «era un personaje» que junto a «Fajardo y Bolzani intervinieron ante la gente del Directo­rio de Acindar para que la empresa viniera a Villa». Sobre la fecha precisa de esta muerte, Angelito no tiene certeza, pero ocurrió entre los finales de la década del 40 y princi­pios del 50.

Angelito tuvo una amplia actuación social, a lo ya enumerado debe sumársele que fue «secretario del hospi­tal» y además «por coincidencia del destino yo nací el 10 de abril de 1915 y ayudó en mi nacimiento Angela Lischettí, la mamá de Santiago y a ella le hice colocar en el cementerio una placa recordatoria por ser la primera par­tera recibida dé Villa, porque estaba la señora de Peberelli, pero ella atendía sin tener título».

Así, genio y figura, desde su nacimiento hasta la actualidad, agradecido y querido. Angelito es lo que indica su nombre y el apodo que recibió como vendedor de rifas: «El angelito de la buena suerte».

Nota del 15 de agosto de 2016: Angel Quiroga, uno de los grandes músicos que tenemos en Villa Constitución, es sobrino de Angelito Sánchez y confirmó que su deceso se produjo el 18 de julio de 2004, a los 89 años de edad.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Voy a seguir sumando recuerdos a este blog. En esta oportunidad inicio una serie dedicada a la sección que inauguré en mayo de 1997 en Diario EL SUR (por entonces denominado Del Sur) y que escribí hasta mi alejamiento en octubre del 2001 (regresé en diciembre del 2009). Esa sección se llamaba "El personaje de la semana" y aquí voy a rescatar algunas de esas publicaciones tal cual se escribieron por entonces, seguramente muchos de estos personajes ya no están con nosotros, pero queda en este espacio su recuerdo, memoria que hoy forma parte de nuestra historia pueblerina.

Hoy es el turno de Angelito Sánchez, publicado el viernes 5 de febrero de 1999.

Angelito Sánchez: el canillita de la suerte

Simpático por naturaleza, entrador, de una am­plia actividad social. Angelito Sánchez es el arquetipo del personaje popular, querido y respetado por todos. Fue canillita, empleado de la Junta Nacional de Granos y hasta hoy vendedor de rifas. Impulsó la Mutual y la Asociación del Personal de la Junta, presidió el club Porvenir Talleres e inició el baby fútbol, entre tantas otras tareas que lo llevaron a ser conocido en toda la ciudad. Esta es su historia, tan sencilla como ejemplar.

El 10 de abril de 1915 nació en Empalme uno de los personajes más simpáticos y queridos de Villa Consti­pación: “Angelito” Sánchez. Su historia se inicia con una tragedia: la muerte de su padre por causa de una úlcera en una de sus piernas. Don Julián Sánchez falleció en el Hospital Español de Rosario cuando Angelito tenía cinco años. Dos años más tarde se radicó en barrio Talleres junto a su madre Agustina, «en calle Libertad y Saavedra, era como todos, un barrio chico; frente al galpón de máquinas, mi mamá tenía un restaurante.
«Yo soy fundador del baby fútbol en el año 43 (por entonces era presidente de Porvenir Talleres), creador de la Mutual de la Junta Nacional de Granos y creador también del Panteón Social (de la misma institución)», recuerda. Además «fui Secretario del Sindicato de Canillitas» y en la Asociación del Personal de la Junta Nacional de Granos «fui Secretario de Propaganda y Afiliación».

Pero los recuerdos vuelven a sus primeros años en Talleres y al primer trabajo, allá cuando tenía «doce años, en un almacén que era de Francisco Varela, yo salía con él, con un parlante haciendo la propaganda de lo que vendía». Como dato anecdótico señala que el tal Varela «estaba casado con una hermana de José María Cuesta, Primitiva se llamaba la señora, después se fueron a
vivir a Santa Fe y ahí murieron los dos y hace quince días los trajeron al cementerio de Villa».

Más tarde desarrolló una de las tareas por las que más se lo recuerda: canillita, actividad a la que le dedicó diecisiete años. «Fui uno de los primeros canillitas de Villa», afirma. Trabajo el a que lo obligó otra desgracia, «falleció mi mamá, yo tenía cinco hermanos menores y mi padrastro, porque mi mamá se había ca­sado por segunda vez, y yo tenía que ganar el puchero para todos, junto a uno de mis hermanos».

«Mi mamá falleció en el año 31, y yo empecé (como canillita), en el año 33, en San Nicolás y después empecé a trabajar acá en Villa, con Orihuela». Pasó el tiempo «y empecé a trabajar por cuenta mía, hasta el 46 que entré en la Junta de Granos, en San Nicolás», dice antici­pando el relato, pero enseguida vuelve a su historia como canillita. «Tenía un galpón en calle San Martín 1950, allí también vendíamos artículos de carnaval».
En aquella época «los diarios venían por correo, llegaban por tren a las cuatro de la mañana en Empalme, y yo iba a buscarlos con la bicicleta y los iba repartiendo a medida que iba llegando a Villa» por entonces tenía más de novecientos clientes. Luego la bicicleta fue reemplazada por un «forcito» y una mañana en que iba a buscar los diarios «me agarró un golpe de aire y cuando llegué a Empalme a armar los diarios en la estación -la Crítica traía un suplemento especial y había que colocarlo adentro del diario- y con la mano sucia (de tinta) me pasé la mano por los ojos (lo que le provocó una grave infección) y el «doctor Luzuriaga, en vez de darme remedios fríos me los recetó calientes» lo que agravó su situación. «Me llevaron a Buenos Aires, al Hospital Santa Lucía y ahí me curaron y me terminó de curar un pastor, porque estoy en la iglesia evangélica».

Como ya mencionó, en 1946 Angelito ingresó a la Junta Nacional de Granos, «en la delegación Buenos Aires y de allá conseguí el traslado a Villa porque tenía toda la familia acá». Cabe acotar que se había casado el 3 de abril de 1938 con Sara Zulema Pizzini, y así fue como el 10 de enero de 1950 pasó a la delegación local de la entonces entidad estatal, «siempre en contaduría».
«Me jubilé en la Junta en el año 75» y «después me dediqué a la venta de rifas». Actividad en la que se inició también en 1975 «para recolectar dinero para levantar el edificio de la Mutual frente a Riberas, después levantamos el edificio del sindicato, y a continuación él Panteón Social». Este último fue iniciativa del propio Angelito: «Usted con vida quiere tener su casa, después de muerto tiene que tener su casa también», expuso en una asamblea del sindicato. «Empecé con la rifa del Elevador, y el primer premio que vendí fue un auto a José María Cuesta, que era compañero mío», dice.
«Mientras trabajé (en la Junta) vendía la rifa de la Mutual, después cuando me jubilé empecé a vender rifas por cuenta mía, de ahí para adelante hasta la actualidad».

Tallarín de toda la vida asegura tener «sangre azul y amarilla» aunque casi nunca jugó al fútbol. «Una vez quise jugar y casi me rompieron la canilla y a raíz de eso no jugué nunca más». De su época como presidente de Talleres rememora que «se hacían unos bailables los domingos a los que iba cualquier cantidad de gente, y ahí en uno de ellos cayó muerto, bailando, Adolfo Cristini». Según Angelito, Cristini, «era un personaje» que junto a «Fajardo y Bolzani intervinieron ante la gente del Directo­rio de Acindar para que la empresa viniera a Villa». Sobre la fecha precisa de esta muerte, Angelito no tiene certeza, pero ocurrió entre los finales de la década del 40 y princi­pios del 50.

Angelito tuvo una amplia actuación social, a lo ya enumerado debe sumársele que fue «secretario del hospi­tal» y además «por coincidencia del destino yo nací el 10 de abril de 1915 y ayudó en mi nacimiento Angela Lischettí, la mamá de Santiago y a ella le hice colocar en el cementerio una placa recordatoria por ser la primera par­tera recibida dé Villa, porque estaba la señora de Peberelli, pero ella atendía sin tener título».

Así, genio y figura, desde su nacimiento hasta la actualidad, agradecido y querido. Angelito es lo que indica su nombre y el apodo que recibió como vendedor de rifas: «El angelito de la buena suerte».